Ciudad de No III: No quiero y debo pintar oscuridad

domingo, 26 de febrero de 2012

| | |


Se me está acabando el negro.

Habré de pintar brillantes escenas diurnas o atardeceres sangrientos hasta que consiga más. Quizás Ojazos y su muchacho me proporcionen imágenes alegres que consignar en mi cuaderno, para las que no lo necesitaré; pero siendo ella como es lo dudo mucho. Lo que es más, a buen seguro, la ciudad no me va a dejar pasar sin ese color, le tiene mucho apego a su oscuridad.

Y los habitantes de No, la polvorienta joya de obsidiana, me llaman a mí oscura. Siniestra incluso.


¿Acaso mi rostro o apariencia denotan oscuridad? Mis rasgos infantiles son claros y limpios, mi vestido del blanco de la nieve virgen. ¿Es mi alma entonces la que no tiene luz? ¿Qué saben ellos de mi alma? Nada. ¿Será entonces que soy aviesa o malintencionada? ¿Infeliz, funesta, aciaga? ¿Tengo propensión a la izquierda, al reverso tenebroso, a la maldad? En absoluto.

Ojazos me compara con Peter Pan, cuando se siente soñadora y descuidada, pero no puedo menos que no estar de acuerdo. El niño que no quería crecer y yo tenemos una diferencia. Yo no puedo crecer, soy un ente estático y siempre lo voy a ser, para poder desarrollar a la perfección mi trabajo. Sin embargo, veo por qué querría quedarse en la niñez eternamente. ¿Quién querría crecer, sufrir los dolores mensuales de ser mujer, sentir los embates del deseo y la lujuria, perder agilidad y agudeza sensorial, enfermar, ir desdibujando recuerdos como unas acuarelas bajo la lluvia hasta que nada queda de lo que has sido, morir? No resiento en absoluto que no sea una posibilidad para mí, aunque a veces me pregunto cómo sería.

Ese es mi trabajo, preguntarme y averiguar respuestas. Debo saberlo todo, ya que soy una cronista. Es lo que hago, esa es mi esencia. Se me ha encargado que, de manera imparcial, lleve los anales de esta condenada ciudad sin influir en lo más mínimo en el correr de sus existencias. Y eso es lo que causa su rechazo, patéticas criaturas, mi imparcialidad que confunden con indiferencia.

No es culpa suya, la ciudad los ha hecho así. Lo he visto con mis propios ojos, desde el nacimiento de la urbe. En el comienzo todo fue magnífico, las riquezas y el esplendor destellaban desde cualquier esquina. Los edificios se alzaban más altos que el sol y, en su arrogancia, los habitantes de Nolan City se creyeron dioses. Su ambición y su desdén por todo aquello que no les reportase beneficios atrajeron las nubes negras que se ciernen desde entonces sobre la ciudad. La pobreza y la marginación se extendieron. La miseria, la violencia y la corrupción florecieron como oscuras orquídeas que dominaban el jardín de la ciudad de No, como sería conocida desde entonces.

Cualquier otra ciudad se hubiese autodestruido a estas alturas, he observado como sucedía en otras ocasiones. Sin embargo, esta ciudad, con el corazón y el alma tan negros como la polución que cuelga a jirones sobre ella, resiste fieramente. Es un león oscuro, surcado por innumerables heridas pero que sigue adelante ya que nada es capaz de herirlo de muerte. Es una máquina que destruye a las personas y las convierte en marionetas sin voluntad o mezquinos personajillos, hambrientos y despiadados.

Pero, a lo largo de los años, he podido constatar que no todos son así. Algunos pocos resisten, se aferran con uñas y dientes a su humanidad y luchan. Algunos incluso sobreviven para poder marcar una pequeña diferencia. Ojazos es así y no puedo menos que permanecer a su lado, sobre todo ahora que la ciudad está tan cerca de romperla. Mientras tanto, seguiré pintando, confiando la historia de este maldito lugar de manera tan imparcial como me sea posible, durante el tiempo en que pueda seguir haciéndolo.

Porque se me está acabando el negro y sin él no puedo pintar esta ciudad.

0 comentarios:

Publicar un comentario